sábado, 19 de enero de 2008

Misticismo


Mirando siempre hacia dentro, no me veía, y parece que me encuentro cuando dejo de mirarme. En el proceso de vaciarme de mí, el hueco se va llenando con la forma que tengo de comportarme con los otros. Mientras estaba lleno de mí, no cabía nada más. Todo era la propia visión del yo y todo estaba observado previamente, y falsificado. Pero no somos lo que juzgamos que somos en ese círculo perverso, si no que somos lo que hacemos por los otros. El foco caía en el yo mismo inmovil que ocupaba toda la escena, y dejaba en la penumbra inobservada los actos del yo mismo en movimiento. Uno se juzgaba por una sucesión histórica de jurisprudencias donde había toda clase de delitos, antiguos y modernos, que podían ocupar tomos y tomos de polvorientas bibliotecas carcelarias. Y sin embargo, en el presente, donde se respira y late, se podía obrar con amoralidad impune. Porque lo único que se vigilaba era ese enorme yo petrificado y no la construcción cotidiana de uno mismo frente a los demás. El presente se juzgaba con el pasado. Pero no estamos hechos, nos hacemos a cada instante. No somos la piedra, si no la hiedra que la cubre. No nos pueden estudiar los arqueólogos, si no los naturalistas.


E igual que los místicos reniegan de su propio ser a la búsqueda de la unidad con dios, igual que el amor de las buenas madres a sus niños contiene el total desapego de si mismo, el auténtico amor necesita de esa pérdida de importancia de uno. Amamos a los demás, y con más ternura y verdad amamos, en tanto sea la otra persona la que más nos preocupe, más que nosotros mismos, la que ocupa el espacio más grande en nuestro interior. Amamos a los demás, no amamos nuestra manera de mirar como pretendemos amar. Me libero de mí para aprender a querer y en este aprendizaje para liberarme del peso del yo, sé que las miserias se volverán más pequeñas. Que tendrán más valor las caricias, que los actos dejarán de estar falsificados y vigilados, que todo se volverá puro y hermoso.


Por eso ya no quiero pensar ni en culpas ni en enfermedades, no quiero pensar en el dolor que siento a veces y procuro olvidar, no quiero pensar ni en el daño de tu ausencia, ni en otra cosa que no sea quererte, saber que tal has dormido, saber que tal te encuentras, saber si has merendado. Una mano, acariciando la otra mano. Tan poca cosa y tan enorme.

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