jueves, 17 de enero de 2008

El atardecer rojo soñado


Los deseos, parece que se mutan. No se les puede llamar impulsos ya, si no, algo como un reflejo de un impulso vago. Todo parece tener como un aire de irrealidad, de indeterminación. Uno se alimenta de vez en cuando, pero se hace difícil recordar cuando tuvo hambre por última vez. Cuando realmente deseó el alimento. Uno a veces concilia un sueño informe y entrecortado vencido por el cansancio. Pero ni el cansancio es abrupto, si no más bien como un desfallecimiento lento, y las noches y los días son una sucesión de sueño y vigilia, casi indiferenciados, como si el cuerpo no se reactivase nunca del todo ni tampoco fuera capaz de despojarse de sí mismo y reposar. Pero hubo una noche que soñé con una casa, con Alina. Había un naranjo y en el sueño apareció un bebé que tenía forma de dibujo animado. Y luego, un camino, o una carretera, que ambos mirábamos, o que ambos recorríamos, hacia un atardecer rojo, en un día claro que terminaba pero que había estado lleno de belleza. Desapareció la casa y el jardín, y el niño que movía los bracitos suspendido en mis brazos, y solo quedó el camino, durante un tiempo que quizá duró toda la noche y recuerdo con total viveza que ambos caminábamos, o conducíamos, extasiados de felicidad, en un silencio de absoluta paz y comprensión, como una sola alma hacia el sol rojo que permanecía invariable, inmóvil en el horizonte, sólo para nosotros.

No hay comentarios: