jueves, 17 de enero de 2008

Mi vida sin Alina


Mi vida sin Alina no es vida. Es un arrastre maquinal de músculos, piel y carne, envueltos en un aura de dolor crónico. Uno entra a formar parte del universo de los objetos inútiles de existencia fantasma. El universo donde habitan las páginas sueltas de algún viejo legajo, las fotos antiguas que ya nadie mira ni añora, al fondo del cajón de la polilla en el desván de los muebles desahuciados. El limbo sin nombre donde dormitan las almas de las bicicletas que se han quedado pequeñas y ya desprecian los niños, semienterradas en las escombreras, los pedales rotos. La nada oscura donde se juntan las piezas extraviadas de los puzzles infantiles persiguiendo un encaje imposible, donde reposan los cuadrados en blanco de las colecciones de cromos que quedaron a medio hacer. Donde se amontonan en su escombrera muda, los recuerdos perdidos de los enfermos de Alzheimer, las ondas en el vacío eterno que llevan el golpeteo de los latidos de corazones que ya hace tiempo que dejaron de latir. Uno encuentra su lugar entre las cajas metálicas de pimentón que guardaban las canicas rotas y los trompos astillados, pasa a ser un espectro del que ya no queda ni el recuerdo, la sombra invisible que produciría un sol tras otra sombra. Pero sin sol. Inobservado, silencioso, como el canto de la última ballena en el océano enorme y gris, rebotando los sonidos en los corales petrificados, en los cementerios marinos y en los andrajos flotantes de los veleros hundidos en el limo. Mi vida sin Alina. Así es mi vida sin Alina.

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