jueves, 17 de enero de 2008

El primer ladrillo


Ya hace días que llaman a la puerta, mostrando su olor corrosivo los celos. Celos del aire, de todo lo que existe y de todo lo que existirá, de los objetos que te rodean, de la ciudad que te acoge, de transeuntes que cruzándose contigo pueden verte y yo no. Y creo que soy capaz de intuir el grado de dolor que pueden llegar a causar, pero entonces, cierro y me encastillo. Y no llegan apenas a rozarme. Porque el amor, incondicionado, absoluto que padezco por ti, no quiere saber de otra cosa más que de sí mismo y es como el crucifijo ante el vampiro. Y lo que sea, si ha de ser, no será por afán de posesión, ni por envidia, ni por soledad, por costumbre, culpa o soberbia. No será por supervivencia ni por la hiriente constancia de la memoria. Lo que sea, si ha de ser, surgirá de este amor nítido, vacío de otra cosa, ingrávido, ligero y limpio. El amor que sólo trae con él vientos de deseo de vida. En la nada del campo pelado, el primer hombre que quiso construir el primer hogar, la primera escuela, antes de meter sus manos en el barro rojizo, mezclarlas con paja, moldear el adobe y secarlo al sol, sintió el deseo de construir un pequeño mundo mejor para él y para los que amaba. Y ese deseo, como el amor que siento por ti, fue el primer ladrillo.

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