
Y un día vi que el tiempo se medía con el parpadeo del cursor sobre el fondo blanco de la pantalla. A la espera de cualquier frase, de cualquier signo que delatase tu existencia al otro lado. Una noche, mientras esperaba, me dormía. Pero el sopor que parecía invencible era odioso en tu ausencia y ponía alarmas sucesivas en el despertador cada seis minutos, esperando, cada vez, tu llegada, Alina. Sin embargo, en esos breves espacios de intento de reposo, solo podía cerrar los ojos, dejando pasar el tiempo que ahora tenía otra medida en un sopor insomne. Como cuando robas 10 minutos más al despertar, en un esfuerzo inútil que ya no tiene sentido porque el nuevo límite del tiempo ya cuelga como una amenaza y la mente ya no puede volver a recuperar lo perdido ni adentrarse de nuevo en el terreno del sueño. En ese proceso de alarmas continuadas de volver a levantarme, de volver a poner una nueva alarma pasaron casi dos horas si hago caso al reloj, pero semanas, vidas, eras enteras, en la nueva medida del cursor que ralentizaba el tiempo como hibernándolo. El tiempo se mide ahora por leerte siquiera una letra, por escuchar tu voz, por la última vez que pude, ya no tenerte entre mis brazos, ya no sentir tus caricias y tus besos, si no, sólo verte. Nada más que verte, en un recuerdo que ahora se me aparece como el más rico, el más valioso, el más deseado, como el primer indicio de lluvia que responde a los rezos de los pobres en la tierra pobre.
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