En 1915 Laherty creó el psicógrafo. El aparato, que hoy se halla en el Museo de Aparatos Médicos Cuestionables, establecía teóricamente nuestra personalidad con los presupuestos de la frenología, encontrando las zonas donde reside la maravillosidad, o el amor por lo fabuloso; la amatividad, que puede engendrar el amor apasionado; la concienciosidad, o amor a la verdad; y entre otras, hasta treinta y seis localizaciones, la esperanza, que predispone a las empresas irreflexivas y a la fe ciega. Antes, Lombroso había fijado la tipología física del criminal nato, los rasgos orgánicos, que juzga decisivos para la creación de un delincuente. Y en todos esos años, florecieron las recomendaciones que ahora juzgamos grotescas para detener el enfermizo hábito de la masturbación, entre las que sobresalen el uso de la camisa de fuerza, el estudio de la matemática, la natación, colocar bolsitas de alcanfor en la entrepierna, o aplicar sanguijuelas a los genitales para extraer la sangre y supuestamente disminuir la congestión provocada por el deseo (o lo que es lo mismo, evitar que se te “hinchen los cojones”).
El hombre trataba de medir las pasiones, de localizarlas, y al mismo tiempo que avanzaba saltándose los límites de la naturaleza en la prevención y en el combate de la enfermedad, en la descripción de los fenómenos físicos, en la predicción de las órbitas de los cuerpos celestes y las partículas subatómicas, intentaba resolver las incógnitas capaces de explicar el amor, de computar la pasión, de crear los instrumentos y los mecanismos que convirtiesen la emoción en algo medible, predecible, cuantificable. Pero nuestro físico no nos predestinaba al mal ni al bien, ni estábamos condenados a soportar la enfermedad, ni el placer debía ser frenado, ni el deleite en lo maravilloso tenía la forma de un pequeño hundimiento craneal.
Pienso constantemente en el renacimiento, en la resurrección, en la reencarnación. Una escuela psicológica dice que nacemos dos veces, una como hijos y otra como padres, que la paternidad es un hecho fundacional, que supone el inicio de un nuevo yo. ¿Solo la paternidad? ¿No podemos recrearnos? ¿No podemos reformarnos? Como una salmodia, me doy cuenta ahora de lo muy a menudo que escuchaba la frase en sus distintas versiones que dice: “no se puede cambiar, no se cambia, quizá más joven, pero a esta edad ya no se cambia…” Me gustaría demostrar que es falso. Sí se cambia. No sabía nadar y aprendí. Y seré un buen nadador. No sabía matemática y aprendí, y nada de esto disminuyó otros apetitos. Podemos moldear nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podemos desenmascarar nuestro orgullo, podemos exterminar nuestras adicciones, podemos apaciguar nuestra cólera, podemos mirar con ojos de niño, podemos llevar el esfuerzo físico hasta niveles extenuantes, exagerados. Porque a veces se necesita saber hasta donde se llega con la fuerza de la voluntad, hasta donde la voluntad es capaz de cambiar lo existente. ¿Es eso posible? Pienso mucho en ello. ¿Podemos cambiar el mundo solo con nuestro deseo, con nuestra voluntad. El mundo al cabo, es también el deseo de otros, la voluntad de otros, que chocan con la nuestra. Entre creer y crear hay sólo una letra de diferencia. ¿Es verdad eso? ¿Es medible? ¿Es científico? O se trata solo de un juego de palabras ingenioso.
Sigo amando encendidamente, con una enormidad que no soy capaz de describir, que he renunciado a intentar exponer, y después de muchos meses de vivir un amor sin recompensa, no me encaja la idea del abandono. No digo derrota porque no creo que se deba considerar en términos de éxito o fracaso, pero sí de desánimo. De abdicación. No comprendo esta idea. En su lugar, habita en mí otra, delirante, sobre la inevitabilidad de lo bueno, de lo elevado.
En una ocasión, mientras yo creía estar desgranando un razonamiento de absoluta lógica matemática, alguien me contestó riendo: “Vosotros los artistas! Que cosas decís! Siempre tan románticos, la vida no es así”. Y entonces, hay que pensar…¿no es así? ¿no es así cómo? Y ahí comenzó un largo proceso, de meses, de reflexión sobre la certeza de las ideas que estaban integradas, que sostenían mi forma de ver el mundo. ¿Eran de verdad? ¿Existe el amor inmortal, ese que permanece aún en la distancia, en la pobreza y la frustración, durante años, durante décadas, durante eras, y si acaso hay otras vidas, en otras vidas, venciendo a la muerte, transmitiéndose en infinitas existencias? ¿Existe el amor de El amor en los tiempos del cólera? Y si existe en esta vida, en este mundo ¿adquiere su recompensa algún día? ¿Existe todo lo que he imaginado en mis fantasías románticas? ¿Vence el bien? A esto me refiero cuando digo que están en juego más cosas. Si quiero mucho una cosa…¿la consigo? Si cierras muy fuerte, muy, muy fuerte los ojos, cuando aparece sobre el mar el último rayo verde, cuando surca el cielo un meteoro, cuando apagas todas las velas de un soplo ¿se cumple tu deseo? Por qué no puedo cambiar, dónde está escrito, por qué no se puede renacer, perseverar en lo bueno y arrancar las imperfecciones con el escoplo, como puliendo una estatua hasta dejar el mármol suave y liso. Por qué no puede una persona llegar a gustarse, sin más recompensa y al mismo tiempo mantener su bandera de ilusiones ondeando en el fuerte cercado por la vida. ¿Por qué no pueden cumplirse los sueños? ¿Hay una ley física que lo impida? ¿Por qué es imposible lo que decimos que es imposible? ¿Hasta donde llega el poder de crear? ¿Existe ese poder? ¿Se puede crear en lo real, o solo en la literatura?
Lo que está en juego, va más allá de ese amor superlativo e invencible, lo que está en juego habla de más cosas, habla de la honradez, habla de la rectitud, habla de la justicia. Lo que está en juego es la concepción del mundo, de cómo estar en este mundo, de cómo habitarlo, de cuando saber si uno debe ser “razonable”, retirarse, rendirse, o por el contrario, saber que nunca hay que rendirse. Saber si nuestros deseos exhalados en el aire se transmutan en materia, se solidifican en el mundo real. ¿Podríamos merecer cumplir un sueño de esa envergadura, podríamos merecer un amor de esa intensidad si no estuviésemos dispuestos a darlo todo, por encima del tiempo, por encima de la propia vida, soslayando el dolor de la ausencia?
A veces escucho, “ponte un límite temporal, por ejemplo, digamos 6 meses, y luego intenta pensar que hay otras personas, otras cosas, hazte a la idea…..” Y entonces, esto a mí solo me despierta estupefacción, y no concibo un razonamiento de este tipo. Es tan ridículo un “límite temporal”, tan absurdo siquiera pensarlo. Aquello que el día antes del límite es la ilusión, el deseo más profundo, que estalla en dibujos multicolores, que vive en nuestro interior en cada instante, que hace que deseemos ser mejores en un proceso interminable para intentar estar a su altura fabulosa, aquello que anima en la aspiración de lograr la felicidad completa, de vivir, aquello que convierte respirar, mirar, caminar, admirar lo que nos rodea en un proceso donde siempre puede aparecer lo mágico,…..al día siguiente, cuando ese límite temporal vence.. ¿debemos asfixiarlo, alejarlo, exiliarlo? Porqué debería hacer tal cosa, ¿qué sentido tendría? ¿No era justo, no era hermoso, no era bueno? ¿Por qué entonces intentar eliminarlo aunque no se haya cumplido? ¿Por qué hay límites? ¿No estamos aquí para superar los límites?
A adaptarse a lo banal, a lo cotidiano, a lo “posible” es a lo que se le llama “ser razonable”. Y yo, que no sabía amar, y yo, que no sabía gozar de lo vivo, que no sabía asombrarme con lo fantástico, no quiero ahora dejar de amar así. Es hermoso, es bueno, es puro, es justo. No sé porqué tendría que abandonarlo. No sé por qué tendría que perder la fe en lo sobrenatural, en lo mágico, en las fuerzas superiores inmedibles, no localizables con máquinas de impulsos eléctricos, las fuerzas del amor por lo maravilloso, del amor apasionado, del amor a la verdad, de la fe ciega, de la belleza, de lo hermoso, de la música, que nos puede alimentar, restituir del pozo del dolor, resucitarnos. No puedo creer solamente en la existencia de las otras fuerzas, el electromagnetismo, la nuclear fuerte, la nuclear débil, la gravitación…¿son las únicas demostrables, cuantificables? Si así fuera, a qué perder el tiempo. Adaptémonos a lo real, seamos razonables, hagámonos a la idea, no sufras más, olvida, hay más cosas. ¿Pero alguien se ha molestado en demostrar que no existen otras? ¿Algún físico ha medido la masa, la longitud de onda, la energía de mi amor insobornable, de mi deseo, de mi esperanza, de mi compromiso tenaz con lo que es hermoso, bueno, puro, justo?
Hay más cosas en juego. Me juego saber si vale la pena soñar o no, si los sueños son posibles, me juego mi integridad como soñador. El mundo, los antiguos amores, los amigos, nos repiten una y otra vez: “no se puede cambiar, nadie puede cambiar”. Lo escuchas en la televisión, te lo susurran al pasar los tenderos de tu barrio, el paisaje cotidiano, te lo repite: “no cambiarás, nadie puede cambiar, no se cambia”. Porque si uno no puede siquiera cambiarse a uno mismo, ¿a qué soñar? ¿a qué desear con modificar lo que está fuera de nosotros? Lo real quiere que bajemos los brazos, que nos revelemos ante su tiranía de hechos consumados, de repeticiones, de sabiduría de campanario y charla de café. Esto siempre ha sido así, esto siempre será así. Lo real quiere que no imaginemos, que nos alineemos en la fila, que levantemos la mano cuando pasa lista y participemos disciplinadamente en su desfile grisáceo. Lo real quiere que comerciemos en su cambalache de mercadillo, económico, moral, sentimental, quiere unir el amor a la recompensa para convertirnos en mendigos, en esclavos de la compensación. Interiorizamos que la fantasía no da de comer, que soñando no se consiguen las cosas, que el amor debe ser correspondido, que no existe sin ser alimentado. Y entonces, extiendes tu mano de mendigo y lo real te premia con otro amor, otro que sí da cosas. No era el tuyo, pero confórmate con este, que da caricias también, que te escucha, que te habla, y sin embargo el tuyo era mudo, sordo, sin brazos, no vivía más que en tu deseo, en el mundo sin forma, no existía, no se podía pesar, no se podía cambiar, comprar o vender. Lo real nos pide que nos adaptemos. Adaptarse es el verbo que enmascara Conformarse, y la excusa es buscar nuestra felicidad. La mereces, nos dice. Si no está aquí, búscala en otro lado, lo que sueñas es imposible, cambia de objetivos, renuncia, sé inteligente, no pierdas el tiempo en ensoñaciones, intenta ser feliz.
No sé si mis deseos pueden llegar a molificarse, a cristalizarse. No sé si todo ese amor que genero, se convierte en ondas de energía que pueden atravesar cientos de kilómetros para llegar a su destino. No sé si cuando acaricio el aire, alguna molécula de ese aire viaja dominada por mi deseo de acariciar hasta posarse en la piel que imagino, no sé si ella puede recibir el calor que yo creo, con mis manos, extendidas al cielo, y cada noche, cada mañana, cerrando los ojos muy, muy, muy fuerte, no en mi ficción literaria sino en mi noche real, en mi sueño real, y concentrándome en que mi pasión cruce el aire infinito, atraviese la meseta y se pose en su pelo. No sé si puede sentirlo, no sé a donde va, en qué se transforma toda la energía que yo derrocho, en caudales inagotables, cada minuto del día pensando en ella. No sé qué ocurre con la que generan mis conexiones neuronales, centenares de miles, dispersando mi amor por ella en cada chasquido eléctrico, capaces de iluminar, de calentar, planetas enteros. No sé si llega a algún sitio, no sé siquiera si existe esa energía. Pero el mundo donde no existe, el mundo donde no se construyen maquinas imaginarias que midan sentimientos, el mundo donde la fantasía no da de comer, el mundo donde no hay que pelear los sueños imposibles, hasta el desmayo, hasta la muerte, y aún después de la muerte….a mí ese mundo, no me gusta. Yo no quiero ponerme en la fila del comedor de lo real, esperando el potaje que dejan caer en la bandeja con un golpe desganado de muñeca. Incluso aunque fuera nutritivo y saludable. Yo quiero soñar con los postres más deliciosos y dulces que pueda imaginar, buscarlos, buscarlos, buscarlos, y quizá algún día se deshagan en mi boca, y si no, que mi sueño sirva para otros, que lo que yo sueñe, otros puedan vivirlo. Yo no sé si quiero entender qué es razonable y qué no. No sé si quiero dar el giro de lenguaje y conciencia que nos hace convertir lo justo, lo hermoso, lo puro, lo bueno, en lo imposible, en lo inalcanzable, en lo quimérico, en lo fantasioso, como si fantasioso fuera algo insultante. Con qué facilidad convertimos las esperanzas en utopías, con qué facilidad bautizamos con el nombre de imposible. Hasta donde estamos dispuestos a aceptar lo real. No puedes cambiar, confórmate, no esperes que te vuelva a amar, confórmate, no desperdicies tu tiempo amándola, soñando por lo imposible, confórmate.
Pues vaya, que a mí no me sale de los cojones.
Y si se me hinchan mucho……….pues me pongo sanguijuelas.
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